Del insomnio
La noche toma forma de ballena
que todo lo devora
interminable
Isabel Fraire
He pasado temporadas de dormir muy poco. En ese silencio nocturno me resulta difícil parar el flujo de mis pensamientos. Mientras permanezco recostada en la cama, percibo el leve sonido de mi parpadeo. Me reconozco viva, palpitante. Escucho los ruidos de la calle, una ambulancia a los lejos, ladridos solitarios, gatos que se desplazan sobre los techos de los patios. El tiempo se ralentiza, hasta que finalmente mi cuerpo se rinde al cansancio.
He probado varios remedios como el ejercicio, infusiones de melisa o valeriana,
esencia de lavanda, lectura, magnesio, melatonina, medicamentos. A veces
funcionan, otras no. Entonces no queda más que atravesar la noche con
paciencia, atenta a los ruidos que anuncian la mañana.
En el budismo se dice que dormir es un ensayo de la muerte. Soñar es, en
cierto modo, aprender a morir, recorrer los estados intermedios, a reconocer
los umbrales que separan la conciencia de su disolución. Ahora pienso que quizá
también para dormir es necesario rendirse un poco, soltar la ilusión de
control. Puede que el insomnio aparezca cuando nos cuesta aceptar que hay cosas
que no se resuelven, al menos no en ese momento.
Desde otra perspectiva, en ese estado liminar puede ocurrir un diálogo
secreto, con Dios, como sugieren los místicos, o con el vacío, como pensaba
Cioran. Allí, en el límite entre la vigilia y el sueño, somos y no somos. Nos
acercamos a un estado de unión con el mundo que las voces del día nos impiden
escuchar.
Pienso en todo aquello que se ha hecho en nombre del insomnio. Es
lamentable que tenga tan mala fama. Dormir bien es necesario, eso es innegable,
la salud lo agradece y la vida se alarga con el descanso. Sin embargo, cuántas
novelas, poemas, melodías y obras de arte han nacido gracias a la vigilia
forzada. Cuántas cartas de amor, recuerdos y lágrimas. También amores
consumados, discusiones y reconciliaciones. En esas horas robadas al sueño se
han tomado decisiones, algunas sabias y otras desastrosas. Decía Cioran que “el
insomnio es una lucidez vertiginosa […] En la cama se cavila sobre lo insoluble
hasta el borde del vértigo”. En la noche nos quitamos las máscaras pesadas que
utilizamos durante del día. Por unas horas, dejamos de ser esa persona que
sirve, obedece y finge. Por eso la noche confronta, incomoda.
Recientemente, leí un artículo de Rubin Naiman donde señala lo difícil que
resulta conciliar el sueño en una sociedad hiperactiva, sostenida con cafeína y
bebidas energéticas. Hemos intentado domesticarlo con pastillas y rutinas, pero
todavía sabemos muy poco de él y faltan estudios que lo expliquen a fondo. En
esa hiperactivación aparece una paradoja; nos agitamos tanto, permanecemos en
un estado de alerta constante frente a una necesidad imperiosa de descanso, que
terminamos sintiéndonos estancados, sin rumbo. Del mismo modo, sabemos que el
insomnio también se ha vuelto funcional al capitalismo. Vivimos en una crisis
contemporánea del sueño. Empresas y discursos exaltan la productividad mientras
nos mantienen conectados día y noche, en redes y dispositivos que no descansan.
Pareciera que vivimos en un mundo que nos exige vigilia perpetua.
Aunque todas estas explicaciones ayudan a comprender su complejidad, siguen sin describir lo que ocurre en la intimidad de una vida. La
falta de sueño también tiene raíces más profundas. En mi caso, el insomnio se
acentuó cuando Cosme comenzó a mostrar signos de demencia. Se despertaba en la
noche y deambulaba por el departamento. Poco a poco fue perdiendo la vista, caminaba
en círculos, tropezaba o quedaba detenido frente a los muebles. Aunque
regresara a la cama agotado, yo ya no podía dormir. Temía que algo le ocurriera
en la madrugada. En esos momentos pensaba en lo difícil que me resultan las
palabras desapego e impermanencia. Creo que mis desvelos estaban tejidos con
esos miedos. Perderlo, también significaba aceptar su destino. Pero también sé
que el insomnio fue el precio de ese amor.
Después vino el tumor y con él siguieron los problemas de sueño. Con su
médico intentamos varias cosas, pero no resultaron. El tratamiento en perros es
distinto y sobre la demencia se habla poco. Mucha gente no entiende lo que
ocurre con sus compañeros cuando envejecen. Cuando uno de ellos la padece es
como ver una vela que se consume lentamente. Dejan de reconocernos, como si
otro ser habitara sus cuerpos, sin embargo, algo de ellos todavía permanece.
Más tarde se volvió más grave. Tenía crisis, se despertaba una y otra vez
hasta quedar exhausto. Después dormía casi todo el día. Algunos medicamentos
ayudaban un poco, pero mi sueño quedó roto. Incluso cuando él lograba una noche
más tranquila, yo seguía en estado de alerta y despertaba a las tres o cuatro
de la madrugada. A veces debía ir al trabajo muy temprano, cargando ese
cansancio como si fuera un segundo cuerpo. Pocas personas lo sabían. El único
alivio era verlo descansar, escuchar el ritmo de su respiración, y acompañarlo
en silencio.
Hasta que un día supimos que era el momento de partir.
Los dos estábamos agotados. Después de su ausencia, el insomnio continuó, ahora
acompañado de una profunda tristeza.
Durante estos meses he tenido semanas en que logro dormir un poco más y
otras en que sigo despertándome a mitad de la madrugada. El cerebro tarda en
asumir la pérdida y necesita trazar una nueva cartografía sin la presencia de
los seres amados. En los primeros meses, despertaba y creía escuchar un leve
aullido, el sonido de sus pasos, cuando bebía agua de su plato, el movimiento
de su cuerpo al levantarse de la cama. Todavía hoy, cuando quiero dormir
tranquila, imagino que me acompaña esa respiración pausada. Pienso en esas
noches felices en las que ambos descansábamos, como si en medio de la pesadez
del mundo hubiéramos encontrado un refugio. Le deseaba buenas noches, esperando
descubrir quién despertaría primero. A veces me imagino observándonos,
sincronizados en la madrugada, acompañándonos. Pienso en ese poema de Mary Oliver:
[…] Pero a veces los sueños son oscuros y salvajes
y espeluznantes y me
despierto y tengo miedo,
aunque no sé por qué.
Pero ya no tengo
sueño y las horas pasan
demasiado lento.
Así que me subo a la
cama donde la luz de la luna
brilla en tu cara
y sé que pronto será
de mañana
Todos necesitan un
lugar seguro.
Ahora ha vuelto el insomnio, como huésped recurrente, pero sé que no será por mucho tiempo. Reconozco lo que lo provoca y acepto que la noche guarda sus propios misterios. A veces basta escucharla. Allí, en ese espacio mínimo, nuestro, entre vigilia y sueño, entre amor y silencio, todavía puedo encontrarlo.



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