Sobre las casas que habitamos

 


 


Habrá una ventana una puerta

para mirar las constelaciones del ayer.

Roberto Armijo

Las casas son más que paredes de cemento y techos que resguardan de la lluvia. Son espacios que se habitan y que, a su modo, también nos habitan. Algunas acompañan incluso a quienes ya no viven en ellas, como si guardaran el rastro de su aliento en los rincones.

En las casas ocurren cambios. Se transforman las salas, las habitaciones, las cocinas, los patios. Cada uno de esos espacios conserva una historia. Una casa puede contener una vida entera: amor, miedo, rutina, deseo. Hay quienes la extrañan y quienes celebran haberla dejado atrás. Algunos la llaman hogar; otros, jaula. Cuando salimos —al trabajo, al mercado, a la escuela—, las casas se quedan quietas. Descansan de nosotros. Tal vez nos extrañan.

Algunas casas, memorables por su carga simbólica, se han vuelto también personajes literarios: la de Bernarda Alba, la casa tomada, la de los espíritus, la del Asterión, la de Vallejo, la de Estela Figueroa, y muchas otras. Las casas moldean la forma en que nos relacionamos con el mundo exterior. Aprendemos a habitarlo desde lo que vivimos dentro de ellas. Una casa puede ser una madre temerosa de lo que ocurre afuera, pero también aquella que nos empuja al abismo de la vida adulta.

Compartir una casa es como mirarse en distintos espejos. Cada hábito, cada sonido, cada gesto cotidiano revela algo de los otros y también de uno mismo: el ritmo de los pasos, la música que se escucha, la comida que se prepara, los trastos que se usan, los amigos que se reciben. Recuerdo los espacios que he habitado. Conservan algo de mí y yo llevo una parte de ellos conmigo.

Hace poco regresé a El Salvador, a la casa que alguna vez me recibió con ternura. Fue como si mi sombra me esperara para abrazarme tras un largo viaje. Por fin nos recostamos en la hamaca y cerramos los ojos. Le conté mi vida. Ella también me habló de la suya. No sabía que ahora soy otra, que llevo conmigo un dolor profundo. Coincidimos en que algo en nosotras se ha transformado. También lo que nos rodea. Y los amigos, quizá más que nadie.

He vuelto a caminar las calles de hace seis años y todo me parece distinto. Regresé a mis lugares favoritos, entre ellos la biblioteca donde comencé a escribir los versos de mi primer libro y que hoy me recibe para escribir estas palabras. Volví a hablar de Roque y de esa afinidad extraña que me une a este país. Llego buscando respuestas, pero me recibe con nuevas preguntas.

Vi a personas queridas y escuché lo que el tiempo ha traído consigo: alegrías, ausencias, transformaciones silenciosas. En sus ojos reconozco que algo en mí también ha cambiado. Todos, a su manera, lo han hecho.

Me reencuentro con un país donde el silencio pesa y donde se aprende a leer las miradas. A veces basta una palabra, un gesto, para decirlo todo. Pero cada tarde, ese silencio lo rompen las aves. Un silbido leve atraviesa la luz, como si recordara que todavía hay algo por lo que cantar.

Ayer llovió durante la noche. Tan fuerte que no pude dormir. Quizá mi sombra descansó tranquila, sabiendo que estoy a su lado. Decía Estela Figueroa: «No es más que una casa / clavada en el suburbio. / Una casa con su techo, sus paredes, / sus ventanas y sus puertas. Su historia».

 

 

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