Sobre las primeras veces
Muchas veces nos
enfrentamos a una primera vez. Algunas se vuelven más memorables que otras.
Pienso, sobre todo, en aquellas que hemos transitado en silencio, en soledad o
con vergüenza. Esas son las que más nos atraviesan; las que no contaremos en
voz alta, pero que nos transforman por dentro. Habrá primeras veces con
mayúscula, aquellas que marcan un antes y un después; otras con minúscula,
pequeñas, casi invisibles. Todas —de una forma u otra— son valiosas.
Recuerdo mi primer
trayecto sola en un autobús, la primera vez que pisé un país ajeno, el primer
trámite, el primer desamor o la primera vez que caminé sola por la playa, como
si alguien me hubiera regalado el mar y la mañana. Quizá una de las más hermosas fue aquella tarde calurosa en que mi perro y yo
caminamos solos y libres. Ambos sin rumbo. No nos esperaba nadie, pero el mundo
parecía simple.
Hace poco más de un
año, Ángeles envió un correo con una invitación para participar en una
antología que buscaba reunir las experiencias de mujeres sobre su primera vez.
Pensé que era una idea bellísima. Ella coordina un proyecto hermoso y necesario
llamado Histórikas, que intenta reconocer y legitimar las voces de
mujeres que también forman parte de la historia. Voces que han sido
silenciadas, que suelen quedar bajo las sombras de la historia oficial.
Desde que la conozco,
la he admirado por su sencillez y su ternura. Me refiero a una ternura radical,
de esa que es también valentía y fortaleza. Una ternura que cuida, pero también
lucha. Pienso en ella como una de esas flores poderosas que resisten y rompen
el pavimento.
En 2022 conocí el proyecto cuando me inscribí en un curso llamado Las mujeres en la Revolución Mexicana: ellas y nosotras. Fue una experiencia muy bella, en la que conversamos sobre aquellas mujeres que han hecho historia desde distintos frentes: en los cuidados, en el frente armado, como intelectuales o como testigos de una época convulsa.
Ese espacio me recordó a Svetlana Aleksiévich y su libro La guerra no tiene rostro de mujer. En él, recoge testimonios de mujeres que participaron en la Segunda Guerra Mundial, donde menciona algo que se me quedó grabado: "La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aún más terrible".
Las voces de las
mujeres cuentan otra historia. Una que no siempre busca el heroísmo de las
grandes hazañas ni la gloria, sino el cuidado, la memoria y la vida. Una
historia que ha sido narrada en la penumbra, desde los márgenes, pero que
también existe. Y que ha sostenido, silenciosamente, a nuestras sociedades. Recuerdo que en aquella ocasión pude hablar de mi bisabuela, que vivió durante
ese tiempo. Les mostré unos guantes pequeñitos —lo único que conservo de ella—,
tejidos cuidadosamente. Tan frágiles, tan silenciosos.
Después de recibir la
invitación, supe con claridad que quería escribir sobre Cosme, mi amado
compañero. Pero en ese momento le habían diagnosticado demencia y acababa de
sobrevivir a la cirugía de un tumor. Ese año fue, para mí, una larga despedida.
Un duelo anticipado que comenzó mucho antes de su partida. Ahora que escribo esto, no puedo evitar las lágrimas. Cosme ya no está. He
conocido un dolor profundo, silencioso, irreparable. Aprender a vivir —y
a escribir— sin su compañía ha sido como caminar sin una parte de mí. Cosme ha dejado un gran vacío; sin embargo, algo me sostiene: un amor
distinto, puro, que también habita en el aire.
Durante aquellos días
tuve muy poca energía y dejé pasar varias semanas. Cuando pienso en ese tiempo,
también recuerdo que no estuve sola. Estuvo July, mi terapeuta. Su calidez y
comprensión fueron una forma de sostén. En ese texto quise reconocerla también.
Porque en medio del dolor, su escucha fue un faro en la penumbra.
Meses después, Ángeles
pudo concretar el proyecto. Varias escritoras compartimos nuestras
experiencias, todas acompañadas de manera amorosa y respetuosa por Andrea,
Laura y Raquel.
Mi primera vez. Historias de mujeres en carne propia es un proyecto
hermoso, valioso, necesario y auténtico. Un libro hecho con el
corazón.
Lamento no haber estado tan presente en las reuniones y conversaciones como
hubiera querido, pero me encontraba atravesando un momento muy duro, difícil de
poner en palabras. Aun así, me alegra profundamente haber sido parte.
En Mi primera vez
podemos conocer las historias de diecisiete mujeres que narran sus primeras
experiencias. El hermoso prólogo, elaborado por Daniela, lo describe así:
"Es un registro de gran valor histórico. Cada texto recopilado aquí plasma
una primera vez que han vivido sus autoras, y que hemos experimentado muchas de
nosotras. Son diecisiete testimonios atravesados por la cuerpa y las
emociones".
En las voces de las autoras nos identificamos, nos confrontamos, nos revelamos. En mi caso, pude escuchar ese latido y oler las hojas de naranja junto a Jimena. Quise acompañar y tomar de la mano a Belén durante ese primer viaje. Me vi en ese reflejo junto a Natyeli. Quise abrazar a Belem y a Ángeles. Fracasé y me levanté de nuevo junto a María Jesús. Reflexioné sobre mi sexualidad como Ana Laura. También, como Nancy, he tomado decisiones dolorosas y trascendentes. Como Olivia, recuerdo mi primera marcha junto a mujeres. Agradezco a Yuri por hacerme pensar en lo que un orgasmo significa para mí.
Me sentí identificada
con Mayra en mi primera clase como profesora de idiomas. Recordé junto a Andrea
esas primeras veces que para algunos pasan desapercibidas —como prender un
boiler—, pero que para mí fueron símbolo de independencia. Me remonté a mi primer
viaje con Margarita. Me imaginé esa luz tan fina que atravesaba la ventana de
Anilu. Al mismo tiempo, rememoré esa otra luz que atravesaba la sala mientras
acariciaba a Cosme. Imaginé a doña Julia junto a María Inés. Ahora me siento
extraña en mi cuerpo, pero las palabras de Miranda me recuerdan lo importante
que es aceptarlo y amarlo.
Estoy infinitamente
agradecida con Ángeles por haberme permitido vivir esta hermosa experiencia. Reconozco su valor y esfuerzo. Leer
a otras mujeres es reconocerse, confrontarse, mirarse con los mismos miedos,
con las mismas dudas, y también recordar nuestra fortaleza, el valor de nuestra
voz.
Dice Svetlana: "Los recuerdos no son un relato apasionado o impasible de la realidad desaparecida, son el renacimiento del pasado, cuando el tiempo vuelve a suceder. Recordar es, sobre todo, un acto creativo". Me pregunto: ¿Cuántas primeras veces nos faltan por vivir?
Mi primera vez. Historias de mujeres en carne propia. Ángeles Sánchez López (Antologadora). Histórikas. Proyecto dedicado a la divulgación de la historia de las mujeres, 2025.
Foto de Антон Жук: https://www.pexels.com/es-es/foto/manos-memoria-alfombra-sujetando-10948905/



¡Gracias por este post tan hermoso! Gracias por compartir sobre algo tan importante como las primeras veces: porque realmente dan forma a nuestra psique, a nuestros sentimientos y a decisiones y hasta opciones de vida. Gracias por compartir el capítulo de tu viaje mientras participabas en el libro: es una introspección tan honesta y profunda, que es imposible no estar allí con vos.
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