Pensar y caminar
como un
inmenso pétalo de magnolia
se despliega
la luz de la mañana.
Isabel Fraire
Antes de tomar una decisión, suelo salir a caminar. Durante un rato, mi mente se aleja, como si necesitara tomar distancia para ver las cosas desde otro lugar. Una de esas mañanas, después de un mal sueño, sentí la urgencia de aquietar mi mente. Caminé observando el cielo. Las nubes se veían grandes y perfectas. Deseé tocarlas, sentir cómo ese vapor invisible se deshacía entre mis dedos. Por un momento, me vi dentro de una acuarela, como si un ser mayor pintara mi sombra en el paisaje.
Minutos después noté que
había dejado de pensar en aquello que me preocupaba. En medio de ese ir y venir
de ideas, recordé un poema de Elizabeth Bishop sobre el arte de perder. Me
detuve a oler las flores que escapaban del jardín de una casa. Miré las huellas
en el lodo; las mías se mezclaban con las de los perros y los otros paseantes.
Los pensamientos encontraron su sitio.
Mientras avanzaba, pensé en cómo caminar ha acompañado siempre la búsqueda de claridad, como si el pensamiento necesitara del cuerpo para moverse. Hace siglos, los discípulos de Aristóteles caminaban para pensar. En ese ritmo nacía la filosofía. También Rousseau, Kierkegaard, Nietzsche y Thoreau hallaron en el paso lento una forma de pensamiento. Pero esa experiencia casi siempre se ha contado desde una mirada masculina. El caminante, el flâneur, el peregrino. Históricamente, las mujeres no hemos caminado con esa misma ligereza. A menudo lo hacemos con cautela, sabiendo que el peligro forma parte del trayecto. Tal vez por eso, para nosotras, caminar tiene otro sentido. Es una manera de estar presentes a pesar del miedo, de recuperar el cuerpo y el derecho al espacio.
Salir de casa, tomar
distancia del trabajo y poner el cuerpo en marcha es intentar escapar de una
prisión mental. En lo que Frédéric Gros llama una libertad suspensiva, el
movimiento nos libera por un instante del tiempo, del espacio y de la
velocidad. Es apenas un paréntesis, pero suficiente para respirar.
Andar se opone a muchos
valores contemporáneos, como la obsesión por la rapidez o la idea del cuerpo
como mercancía. Solo contamos con los pies y las piernas para avanzar. Se
resiste así a la urgencia de llegar, a la ambición de ir más lejos. Caminar es también
una forma de emanciparse, de recuperar el cuerpo, el tiempo y la voluntad del
propio movimiento.
Pienso en los trayectos en
los que me han acompañado preguntas sobre la existencia, el lugar que ocupo, la
posibilidad de algo superior. He hecho largos recorridos movida por esas
inquietudes, sin saber que eran una forma de peregrinación. Hace tiempo crucé
un puente, seguí hacia el bosque y luego volví a la ciudad. No quería
detenerme. Atravesaba un momento difícil y, mientras caminaba, me sentí
pequeña, parte de un todo: las hojas, los árboles, los otros paseantes.
Caminaba con la esperanza de que el cansancio me calmara. Cuando regresé, me
dolían las piernas, pero sentí una leve satisfacción. Había logrado avanzar y,
al hacerlo, estaba más tranquila.
En Elogio del caminar,
David Le Breton escribe que, durante la caminata, tomamos conciencia de estar
presentes en el mundo, y que ese simple gesto puede ser una forma de reconocer
nuestra espiritualidad. En el movimiento algo ocurre. Una especie de pulsión,
una voz interior, la de Dios o la del propio ser, acompaña a quien avanza en su
trayecto. En esa puesta en marcha hay también una confrontación, una
introspección constante que pocas veces permitimos cuando el ritmo del mundo se
vuelve asfixiante.
Todas esas reflexiones
vuelven cuando recorro mi camino diario. A veces sola, otras acompañada.
Recuerdo a los amigos con quienes compartí largas caminatas, las conversaciones
simples, las risas, los silencios. En esos pasos compartidos nos reconocimos humanos.
Caminar es una de las cosas
que más disfruto. A veces tengo la sensación de repetir los pasos de otra vida.
Rebecca Solnit escribió que el movimiento y el paisaje hacen que algo ocurra en
la mente. Por eso avanzar es poderoso: «Es medio y fin, viaje y destino». En
cada paseo aprendo algo sobre la vida, sobre mí o sobre cómo seguir andando.



Gracias por compartir tus caminatas. Me hacés darme cuenta de que caminar es, en su sencillez, algo profundamente terrenal, enraizador, a la vez que espiritual. O también: porque es enraizador, es espiritual.
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