Vecinos

 

El viento tiene algo que decirnos esta noche.

Si no le oímos será porque creemos demasiado en nuestros asuntos.

Roberto D. Malatesta

 

Todos los días miro pasar a mis vecinos desde la ventana. Algunos salen con prisa, como en una carrera contra el tiempo. Unos caminan despacio, solos o acompañados, con niños de la mano. Hay quienes pasean con sus perros, se dirigen a la escuela, al mercado, al trabajo. Otros  avanzan sin prisa, como si la calle los esperara paciente.  

Mi apartamento está cerca de la puerta que da a la calle. Por eso su ir y venir forma parte de mi paisaje diario. Reconozco los gestos, las voces, los ruidos, los pasos. Hay risas que se repiten, discusiones que se filtran a través de las paredes, saludos que van y vienen. Los veo y escucho sin conocerlos. Están ahí.

De algunos conozco sus nombres, ellos apenas si saben el mío. Muchos permanecen en silencio, pero aun así forman parte de mis días. Vecino viene de vicus, palabra que significa lugar o barrio. Es quien habita y transita los mismos espacios, pero también alguien que está cerca sin pertenecer, alguien cuya existencia roza la nuestra sin tocarla del todo. En esa cercanía inevitable hay algo profundamente humano y, al mismo tiempo, profundamente difícil. Aceptar a otro, distinto. Aceptar que no podemos comprenderlo ni controlarlo. Que convivir implica tolerar esa diferencia.

Los observo cada día y pienso en lo complejo que puede ser convivir. Hay quienes son amables y discretos. Algunos ponen música hasta tarde, discuten por cosas mínimas. Hay quienes se distancian tras un malentendido, otros terminan convertidos en aliados inesperados. Los vecinos son eso, presencias imprevisibles que a veces nos irritan y, otras, nos sostienen.

Han tenido siempre un papel en las grandes y pequeñas historias. Han sido aliados y enemigos, confidentes y delatores. Unos denunciaron durante regímenes autoritarios. Otros se arriesgaron para ayudar a escapar de territorios peligrosos. Hay quienes se vuelven refugio y quienes que representan una amenaza. También están quienes observan desde detrás de las cortinas, inventando relatos fragmentados sobre los demás, como en una película de Hitchcock.

Con ellos habitamos un espacio transicional, entre lo público y lo privado. Para Hélène L’Heuillet, necesitamos una éthique du voisinage, una ética de la vecindad. No para hacernos amigos, sino para reconocer que el otro existe, que su alteridad a veces incomoda, confronta o irrita. En las sociedades de masas, aprender a coexistir exige también aceptar nuestras propias imperfecciones y límites. Reconocer que no siempre somos pacientes, que nos molesta el ruido, que juzgamos rápido y que también nosotros resultamos incómodos para otros. La vecindad no es solo habitar cerca del otro, sino convivir con lo que el otro revela de nosotros mismos.

Bajo un mismo edificio, sobre la misma calle, caben mundos que rara vez se rozan. Y, sin embargo, algo compartimos, ya sea un muro, un pasillo, un patio. Hay desacuerdos, diferencias, incomprensiones, pero también acuerdos implícitos que sostienen, de algún modo, la vida en común.

A veces pienso en todo lo que ignoramos unos de otros. Nos cruzamos en pijama cuando sacamos la basura, escuchamos llantos y risas que no nos pertenecen. Y, aun así, desconocemos lo esencial, los miedos, los amores, los secretos. Quizá lo extraño sea esto, estar tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos.

Vivir pared con pared es ensayar, una y otra vez, cómo convivir con los demás. Asumir que siempre habrá un misterio. Nunca sabremos del todo quiénes son, como ellos nunca sabrán quiénes somos.

Cuando partió Cosme, me sorprendió la reacción de quienes viven cerca. De pronto entendí que mi compañero formaba parte de un paisaje que no era solo mío. Algunas vecinas me preguntaron por él, lamentaron su ausencia. Un par de ellas me abrazaron cuando coincidimos en el pasillo. Me conmovió pensar que, incluso en la discreción de nuestros encuentros, había vínculos invisibles.

Caigo en la cuenta de la necesidad de nombrarlos aun sin que ellos lo sepan. Carmelita, Doña Alicia, Max, Liz, Ricardo, Brenda y Emi, Gio, Tere y Roy, y muchos otros. Nombrarlos es reconocer que también forman parte de mi historia.

He visto a varios llegar y partir. Pasará lo mismo conmigo. Quedarán momentos buenos y otros no tanto. Algún día, tal vez, alguien recuerde que Cosme y yo fuimos parte de este paisaje.

 

L'Heuillet, Hélène. Du voisinage: Réflexions sur la coexistence humaine. Albin Michel, 2016.


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