Sobre las hamacas
No.
El hermoso verano
no ha terminado aún.
Estela
Figueroa
Recostarse en una
hamaca es un lujo en estos tiempos. Un instante en que el cuerpo se mece y el tiempo parece detenerse. Resulta curioso
cómo forman parte de algunas casas, aunque no siempre se usan. Algunas cuelgan
como adorno en terrazas y patios. Otras, gastadas por el sol y la lluvia,
parecen llevar años esperando. Tener una hamaca y no usarla es reconocer que el reposo se ha vuelto un bien escaso.
Cuando me quedo en la
hamaca vuelvo al descanso. Veo una telaraña en una ramita de romero. Una gota permanece en la hoja de una planta como huella de la última lluvia. Escucho las
voces de los vecinos, el canto de las aves y el televisor encendido en la casa
contigua. Un pétalo del rosal cae suavemente. Las lagartijas se mueven rápidas,
dejando un chirrido breve, como un beso. Los pimientos que han crecido en la
maceta. La ropa tendida se agita con el viento. Un mosquito que merodea mis
piernas, paciente, como si supiera que tendrá su recompensa.
No es muy común en donde
vivo. Con un clima de diez grados resultaría extraño recostarse en una. Por un
tiempo tuve una hecha en Panajachel. Era suave, azul y blanca. La pusimos en
el patio y, cuando el clima lo permitía, me recostaba en ella. Mi perro se
acercaba y me pedía que lo subiera para acostarse en mi regazo. Después tuve
que mudarme a un apartamento y no ha sido posible colgarla. Está guardada,
esperando el día en que volvamos a descansar juntas.
El verdadero descanso
se opone a la finalidad y a la utilidad. Es, como dice Byung-Chul Han, un para-nada.
Ese estado de inactividad es también un componente de la felicidad. El reposo y
el silencio abren espacio para las preguntas y dejar que las
respuestas lleguen sin prisa.
Estar inactiva es no
ser nadie. En la hamaca dejo de preocuparme por un momento y lo que me aqueja
pierde importancia. Se reduce a lo que es, la vida misma. Suspendida en esa red
confirmo lo que no sé y también lo que no quiero saber. Solo estar ahí, recostada
en un patio con tiliches y cacharros, junto a las plantas, en un silencio que
nunca será total.
Mientras me dejo mecer
pienso en su historia. Las hamacas fueron creadas por los pueblos nativos del
Caribe y las Antillas y, en el siglo XVI, los europeos las llevaron consigo
como algo indispensable. En Yucatán se cuenta que los pacientes de un hospital mejoraban
cuando cambiaban la cama rígida por una hamaca. También han sido lugares de reflexión, de descanso después del parto, de protección contra los malos
espíritus colocando una escoba debajo. En ciertas comunidades de Sudamérica los
padres practican la couvade. Se recuestan durante días para proteger la
salud del hijo recién nacido, como si el vaivén pudiera espantar a los
espíritus del agua y la tierra.[1]
Regreso al movimiento
lento. Escucho a Mario lavando los últimos trastos del desayuno y preparándose
para partir rumbo a Santa Ana. Me estiro, me giro como si estuviera en los
brazos de un ser más grande. El viento se lleva una hoja y la deja caer sobre mi
brazo. Las nubes cambian de forma. Los vecinos siguen conversando. Llaman a
Apolo, un perro supongo. No quiero levantarme. No aún.
[1] Campos Navarro, Roberto.
"Hamacas, erotismo y medicina: Una visión histórica y antropológica".
Revista de la Universidad de Yucatán 208-211 (1999): 43-56.



¡Gracias por este post! Me hace volver a ver la hamaca y usarla más seguido. Un abrazo como una mecida sin tiempo en la hamaca.
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