Sobre los aromas
El deseo de luz produce luz.
Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención.
Simone Weil
Mi aroma favorito es el de
las hojas de cedrón. Mis abuelos solían preparar té para acompañar la comida.
Cuando era niña, esto me provocaba extrañeza, porque no me parecía una
costumbre común comparada con otras familias. La casa nunca ha sido acogedora.
Es fría como la ciudad donde habitan. No ha habido abrazos ni palabras de
cariño. Sin embargo, ese aroma dulce y alimonado es como mi magdalena de
Proust. Ese olor que evoca un recuerdo cálido y amable.
El cedrón es una planta
común en muchas casas. Vive en una maceta, resistente al sol, poco
vistosa, olvidada en los patios, terrazas o balcones. En verano brotan unas
cuantas flores blancas, como un recordatorio de que también puede ser bella.
Quizá me gusta tanto porque es como un pinchazo de tranquilidad. Pienso en el
frío y la lluvia junto a una taza de té humeante. El aroma a cedrón llega hasta
la sien, se queda unos segundos y me trae lo que me queda de mi familia, o lo
que me hubiera gustado recibir de ella.
Hay perfumes que pasan desapercibidos, discretos y simples. Tal vez los que menos importan
son los que se aferran a la memoria. Evocar un aroma es tomar conciencia de
estar vivo. Recuerdo el olor de la ropa de mi madre, la crema de mi abuela, la
loción de mi abuelo. Su aroma es irrepetible como las huellas de sus dedos.
También hay otros que no se
pueden explicar. En eso los perros nos llevan ventaja. Perciben el mundo a
través del olfato. Detectan estados de ánimo, enfermedades, saben de
dónde viene una visita, leen un árbol, conocen a los perros del vecindario.
Para ellos, el olfato es brújula, memoria y lenguaje. A veces cierro
los ojos e intento recordar el aroma de Cosme. Me cuesta expresarlo en
palabras. Solo sé que fue cambiando con los años. Tenía el olor de un cachorro, después el de joven
enérgico, más tarde el de la vejez. Sabía perfectamente cuándo necesitaba un baño o cuando estaba enfermo. Quienes aman a sus compañeros lo reconocen.
Ambos teníamos nuestro
olor. Ahora que llego después de estar fuera de casa, todo es distinto. Antes
de que partiera, corté un mechoncito de su pelo para no olvidar ese aroma. Lo
conservé como un amuleto, pero ya se ha desvanecido. Como todo lo que amamos,
naturalmente. Me gusta imaginar que aún queda un poco en su suéter. Lo acerco a
mi rostro, como si pudiera volver a abrazarlo.
A veces, mientras camino, estiro la mano hacia una planta de lavanda. Froto con cuidado unas hojitas entre los dedos y dejo que el aroma me acompañe unos minutos. Es un gesto mínimo, pero me basta para sentirme en paz. También está el olor del bosque, la tierra mojada, los pinos, las hojas secas. Esa mezcla me ofrece una forma de calma que no sabría explicar, algo que me da ganas de seguir caminando.
Los aromas más simples son también los más fugaces. Tal vez por eso se aferran tanto a la
memoria. Hay belleza en lo que desaparece, como ese wabi sabi que
encuentra sentido en lo imperfecto, en lo frágil, en lo que tarde o temprano
termina.
Hace poco estuve enferma y mi madre me trajo
unas hojas de té de casa de mi abuela. Sabe que me hace bien. Las huelo. Tomo
unas cuantas. Las dejo en el agua caliente. En la cocina hay un aroma dulce y suave. Quiero beber ese té ahora que ha
llovido demasiado.
Imagen de israelbest en Pixabay



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