Sobre la lentitud
Las hojas del árbol se mueven medio centímetro
todo
cambia
Isabel Fraire
Un día
al mes voy al parque y me siento en una banca a leer con calma. Llevo un té en
un termo y dejo que la vida ocurra. Esa es mi forma de recordarlo. Cosme partió
un día tres, pero nunca se ha ido del todo. Lo llevo conmigo a cada momento.
Por las noches, enciendo una vela y le dedico un pensamiento. Pero es en el
parque donde más lo siento cerca. Lo imagino caminando a mi lado, olfateando
las hojas, las flores, reconociendo el mundo a su ritmo.
Una de
las lecciones más grandes que me dejó fue mirar sin prisa. Ahora mismo,
mientras escribo, veo cómo las ramas de un árbol frente a mi casa se mueven con
el viento, como si fueran el director de una orquesta invisible.
El
último año juntos fue el más difícil. Aprendimos a andar más despacio. Antes
solía llevarme la delantera, enérgico, testarudo. Fue un proceso lento, lleno
de pequeñas batallas, hasta que finalmente logramos caminar al mismo paso. A
veces observaba nuestras sombras proyectadas en la acera. Me gustaba imaginar
que en otra vida habrían sido al revés. Las sombras no tienen edad ni historia;
no hay prisa en ellas. Solo estábamos ahí, él y yo, sin pasado ni futuro.
A los
quince años, ya no podía seguirme. Lo veía esforzarse por caminar a mi lado. Yo
reducía el paso, hacía pausas. Le cantaba mientras se acercaba y celebraba cada
intento como una hazaña. Esas canciones viven ahora en mi memoria. Son como una
lengua muerta que solo yo entiendo.
En
nuestras salidas al parque llevaba galletitas y té. Me sentaba bajo un árbol
con un libro, mientras él se recostaba cerca o exploraba con la curiosidad de
siempre. Recuerdo una mañana de domingo con un libro de Diana Bellessi entre
las manos. Esa sensación de quietud profunda, algo semejante a lo que me ocurre
al leer haiku.
Leer
haiku es como respirar con conciencia: inhalar, exhalar, estar. El haiku parte
en dos la realidad con una pausa mínima. Dice poco, pero sugiere todo. Nos
obliga a detenernos, a mirar con lentitud.
En un mundo saturado de estímulos, donde a veces estoy apurada sin saber por qué, encuentro refugio en la naturaleza, en los libros, en observar los detalles. Un haiku es un acto de ternura, como rozar con suavidad la piel de un ser amado. También enseña a mirar sin artificio, a contemplar con claridad lo que está frente a nuestros ojos. Y no solo al mundo, sino también a quienes queremos; verlos de verdad, aceptarlos como son y saber retirarnos cuando llega el momento.
Tal vez por eso me gusta tanto el haiku: porque habla de la impermanencia. Cosme también me enseñó eso, aunque no fue fácil aprenderlo. Ya no digo “mi perro”, porque nunca fue mío. Nadie tiene dueño. Cada paseo fue una forma de celebrar el presente. Teníamos un pequeño ritual: salir a ver el ocaso cada vez que podíamos. Para mí, era una manera de asumir que todo es efímero, y, tal vez por eso, tan valioso. Creo que esos momentos los guardaré siempre. Hay gestos de amor mínimos, casi invisibles, que dan sentido a la existencia. El amor es lentitud, sencillez, ternura.
Recuerdo
un viaje a San Francisco. Visité el Jardín Shakespeare. Me conmovieron las
bancas con inscripciones: nombres, fechas, palabras dedicadas a quienes
partieron. Pensé en el amor a Alice Eastwood, Dick, Kim and Jill, Tim and
Cynthia, Colin Higgins, Michael Chang. Esos espacios permiten recordar, y eso
también es amar.
En el parque
cerca de mi casa, leo haiku. Quizá no tenga cerca un cerezo ni el monte Fuji,
sin embargo, en este rincón del mundo, lo más importante está afuera y yo soy una
criatura más entre los árboles. Me gustaría que una banca algún día llevara
esta frase: En memoria de Cosme, que será amado por siempre.



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