Maletas

 


La gente camina de un lado a otro. Apenas se entiende lo que dicen. Hay ruidos que disfrazan las conversaciones. Bajo un poco la mirada y observo el desfile de maletas que acompañan a sus dueños. Grandes, pequeñas, negras, rojas, azules, rosas, anaranjadas. Algunas avanzan con esfuerzo, arrastradas como si se resistieran a andar. Otras, elegantes en sus cuatro ruedas, llevan encima mochilas y bolsos, como si fueran el cuerpo que sostiene al resto.

Hay grupos idénticos, como pequeñas familias. Algunas parecen más bien guardianas de quienes las conducen. Justo ahora, desde donde estoy sentada, tengo enfrente una cuyo cierre se asemeja a un gesto de desagrado. Pienso en una maleta molesta por haberse levantado demasiado temprano. Cuántos lugares habrán recorrido. Van de la mano con sus dueños, silenciosas cómplices de cada viaje.

Qué sucede cuando una se extravía. Queda sola, desamparada en medio de la incertidumbre. Sin saber qué le espera, tal vez termine fragmentada, con su interior expuesto, sus pertenencias en manos de otro.

Y qué ocurre con las solitarias, con las que han sido olvidadas. Las que se quedaron en casa porque ya no hay espacio en los armarios. Como las mías, que guardan libros que no caben en el librero. Otras se convirtieron en parte de la decoración de un café o de un restaurante. Algunas parecen esperar que alguien, alguna vez, descubra lo que guardan.

Hace años vi un documental llamado La maleta mexicana. En 1995 apareció en México una maleta que guardaba negativos de la guerra civil española. Había salido de París huyendo del ejército nazi y, de algún modo, acabó bajo resguardo de un embajador mexicano. Dentro estaban los testimonios visuales de Robert Capa y David Seymour. A veces, un objeto olvidado se convierte en máquina del tiempo.

Vivian Maier guardó cientos de rollos sin revelar en cajas y baúles. Cuando John Maloof compró sus pertenencias en una venta de garage, descubrió a una de las fotógrafas más singulares del siglo veinte. Maier era una niñera desconocida, una artista secreta cuya obra solo adquirió fama de manera póstuma. En su caso, las maletas custodiaron la obra de una vida entera.

Pienso en lo que implica hacer una. Siempre lo dejo para el último momento. Tal vez porque representa una toma de conciencia. La de lo poco que puedo llevar conmigo, lo poco que tengo. Cierro todo en un espacio tan reducido. Decido lo que no podrá acompañarme. La vida se encoge y mis maletas esperan, dispuestas a conocer otros lugares.

También dicen mucho de quien las porta. Si es niño, joven, adulto, mayor. Si son de alguna marca o diseñador. Algunas son sencillas, otras resistentes, decoradas, gastadas, golpeadas, atadas con un cordoncito, marcadas con estampillas. Mientras observo la banda de equipaje, veo cómo van apareciendo, recostadas después del trayecto. Se acumulan unas junto a otras, listas para continuar. Tal vez descansan porque ahora no se sienten solas.

 

Imagen de Tomasz en Pixabay

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