Sobre la espera
De toda
esta ceniza
quizás algo
de pájaro
remonte a
otros cielos.
Roberto D. Malatesta
Como a muchas personas, no
me gusta esperar. Sin embargo, este mundo parece diseñado para eso. Resistirse solo provoca frustración, como cuando acudo al médico. No importa
si se trata del servicio público o privado, siempre hay que esperar.
Me levanto, camino unos
pasos, me vuelvo a sentar. Leo un poco. Sin un libro, las horas y minutos serían
insoportables. Después alzo la vista. Miro a los otros pacientes, cómo se acomodan en sus sillas, cómo disimulan
la ansiedad. También observo a las recepcionistas. Algunas comen a escondidas,
otras responden llamadas, se maquillan o alisan el pelo con una paciencia que a
mí me falta.
En este país, el sistema de
salud está colapsado. Hay desabasto de medicamentos, escasez de médicos,
desinformación. Durante años recurrí al servicio público, pero últimamente me
vi obligada a ir con un médico privado. Fue por recomendación de Crys. Ella me
hizo ver lo necesario que es tratar a tiempo lo que duele. Yo suelo distraerme
con otras cosas. Me concentro en el trabajo, en los demás, en lo urgente y dejo
de lado mi salud. Por eso tener una amiga que me recuerde la importancia del
autocuidado es una suerte, un regalo. Alguien que te diga con ternura «ve al
médico», cuando una misma no quiere escucharse.
El consultorio está en el
cuarto piso. Hay sillones azules y color vino, dispuestos junto a otros
consultorios. El suelo tiene cuadritos blancos y negros. Conté setenta y cinco.
En las paredes hay cuadros decorativos. Uno muestra un árbol solitario de hojas
rojas, una cabaña frente a un puente que une dos vertientes de un río. También
hay una cascada. Pienso en la extraña imaginación del pintor. En otro cuadro
aparece una casa en un acantilado, al lado de un faro. Las olas tienen el mismo
tamaño que la casa. A veces me quedo pensando en la vida de esos cuadros.
Quedan atrapados en oficinas, casas, consultorios. Su función es llenar
espacios, acompañar una pared solitaria. ¿Quién los ve realmente?, ¿quién les
da sentido?
Mientras tanto, no puedo
evitar pensar en lo molesto que es esperar un turno. Hay un ensayo de Lance
Morrow, Waiting as a Way of Life, donde habla de esa sensación de estar
controlado e indefenso. Quien impone una espera, impone su poder. Tal vez por
eso me irrita tanto. Porque alguien más decide qué hacer con mi tiempo. Y a
veces no hay opción. Nadie está exento.
Aunque en ocasiones siento
que pierdo el tiempo, y el tiempo es lo único valioso que tengo. No entiendo
cómo hay personas que hacen filas para conciertos, museos, centros comerciales,
para comprar un nuevo iPhone. La gente rica no espera. Evita filas en el
aeropuerto, en los servicios. Alguien más lo hace por ellos o llegan directo a
sus casas. La espera también es una forma de disuasión. Una trampa burocrática
o un castigo silencioso cuando se reclama, cuando se toma un espacio, cuando se
interrumpe lo que debería seguir igual.
Sigo esperando. Una mujer
sale del elevador, habla por altavoz. No sé si conversa con una amiga o con su
psicóloga. Toca la puerta de un consultorio, pero nadie la atiende. Tal vez la
recepcionista está ocupada. La mujer se sienta. Sigue hablando. Dice que todos
la abandonan, que se siente sola, que le gustaría salir con alguien. Menciona a
Ricardo, que tenía una pizca de inteligencia práctica y emocional, pero también
se fue. La otra voz le responde que tiene todo para estar deprimida, pero aun
así cuida de su salud mental. Vuelve a tocar la puerta. La recepcionista le
dice que debe esperar.
Regreso a mi libro. May
Sarton escribe sobre las flores de su escritorio. Lo hermoso que es
contemplarlas. Observar cómo cambian, cómo crecen y se marchitan. Me aferro a
esa imagen. Imagino ese ramo elegante, como un shibui, con esa belleza, sencilla,
sutil y discreta. Faltan tres personas para mi turno.
Imagen de Peter H en Pixabay



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