Sobre caminar
Suelo caminar por un parque cerca de mi casa. Lo hago cuando la vida me lo permite. Hay semanas en que lo visito casi todos los días; otras, apenas si logro ir una sola vez. Esa mañana, caminaba entre hojas y ramas que había dejado la lluvia. El suelo era blando, como esas alfombras elegantes que amortiguan los pasos. Cuando avanzo sin prisa, presto atención a las aves. En ocasiones me gustaría saber el nombre de cada una, pero luego pienso que no importa. Basta con escucharlas, con quererlas así, sin más.
Vi más de lo
habitual. Un periquito verde, un pajarito de pecho rojo, erguido, como si se
sintiera orgulloso de posarse en esa rama. Otro tenía la cola anaranjada.
También vi una avecilla gris, algunas que parecían jugar o cortejarse, y una
más, muy azul, casi misteriosa. No sé si esta mañana Cosme quiso ser ave. Son
tantos y tan bellos los trinos.
A veces me
cruzo con una mujer que pasea a sus dos perros. Hay días en que están alegres y
se acercan a saludarme. Los acaricio. Otras veces, una juega con su pelota y el
otro se recuesta a descansar. Me gusta verlos así, libres, sin correas. En
ocasiones solo estamos ella y yo, como si ese campo nos perteneciera. Me
imagino dentro de unos años, caminando con dos perros a mis costados. Ahora
Cosme aún me acompaña, aunque de otra forma. Tal vez sea como esos pajaritos
que cantan y se posan tranquilos en los árboles.
Me senté un
rato en una banca bajo un ciruelo. Había muchos caídos en el suelo, como si un gran
collar de cuentas se hubiera roto. Cerré los ojos y dejé que el sol me tocara
la cara, solo por unos minutos. Luego me levanté y acaricié un ciruelo verde.
Ambos sabíamos que no podíamos detener el tiempo.
Cerca de la
salida hay un restaurante. En una jaula grande habita un pavo real. Es tan bello, como si su hermosura fuera su condena. Tengo que volver a casa,
preparar el desayuno, contestar correos, leer para el trabajo. Me gustaría
quedarme un poco más. Entonces recuerdo ese poema de Mary Oliver:
A mi alrededor
los árboles se agitan en sus hojas
y gritan:
‘Quédate un rato’.
La luz fluye de sus ramas.


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