El amor que no se nombra

 

 

Probemos saludar a desconocidos

a ver si aparece el amor,

pues qué delgado está el mundo,

 qué pálido, y necesita apoyo [...]  

Jorge Leonidas Escudero

 

Hace tiempo, durante una lectura de poesía, alguien me preguntó si uno de mis textos era, en verdad, un poema de amor. No supe qué responder. Con cierta vergüenza, dije que quizá es el lector quien tiene la última palabra. Cuando los poemas, "esas pequeñas bestias", como decía Mary Oliver, logran publicarse, dejan de pertenecer a quienes los escribieron y comienzan a habitar otros cuerpos, otros ojos. A veces son los lectores quienes los miran con más compasión que nosotros mismos. Muchos de quienes escribimos poesía pensamos que los textos quedan siempre un poco incompletos, o que podrían haber sido mejores.

Días después, la pregunta seguía rondando mi cabeza. Repasé mentalmente los poemas donde me acerco al tema. Luego pensé: ¿pero qué clase de amor? ¿A qué nos referimos cuando usamos esa palabra? ¿Existen amores con mayúscula y otros con minúscula? ¿Hay unos más importantes que otros? Recordé entonces los versos de Ángel González: «Acaso amor, / esa palabra impronunciable, impura».

En una conversación posterior con un amigo, coincidimos en que el amor ya no parece una palabra frecuente en la poesía actual. Quizá hoy cuesta más trabajo comprenderlo. Hay infinidad de estudios, teorías y lecturas; sin embargo, se diluye en la vida cotidiana. Esta impresión podría deberse a nuestros propios filtros o a una falta de lectura de mi parte. A fin de cuentas, es una palabra sencilla, de apenas cuatro letras, fácil de encontrar en todas partes, pero difícil de sostener. Wisława Szymborska decía que hay palabras por las que se ha dado la vida y que su uso excesivo puede desgastarlas. No sé si eso ocurre con el amor en la poesía reciente, pero noto que a muchas personas les cuesta pronunciarla, sobre todo cuando intentamos hablar de ella con seriedad.

Con esa idea en mente, me propuse buscar poemas de amor extraviados, como una detective que se vale de archivos, testimonios y pistas. Con el tiempo, como suele pasar, abandoné la pesquisa. Semanas después volví a hablar con mi amigo y coincidimos en que quizá los mejores poemas de amor son aquellos que no lo nombran directamente.

Entonces, ¿cómo es el amor? ¿Qué forma tiene? ¿Cuál es su olor? ¿Dónde aparece? ¿Puede transformarse? ¿Desde dónde podemos comenzar a comprenderlo? La tradición occidental suele retomar la visión platónica, que distingue tres nociones fundamentales para intentar nombrar lo invisible: eros, ágape y philia.

Eros es el amor vinculado al deseo, la atracción y la búsqueda del goce. Es un impulso que anhela al otro, lo vuelve centro de su deseo y, en su ausencia, aparece la carencia o la ansiedad. En el discurso de Aristófanes, dentro de El banquete, eros se representa como el anhelo de una unidad perdida. Philia refiere al amor que nace de la amistad, del afecto confiado y recíproco. Es un lazo que se cultiva con el tiempo, que busca el bien mutuo y valora la presencia del otro sin necesidad de poseerlo. Ágape, por su parte, designa un amor universal, compasivo y desinteresado. Se vincula con la caritas judeocristiana, donde el amor se ofrece sin esperar nada a cambio; se extiende hacia los otros, la vida, la naturaleza, incluso lo desconocido.

Estas tres formas han ofrecido distintas maneras de acercarse a algo que, por naturaleza, escapa a definiciones fijas. Pero los griegos también nombraron otras variantes del amor. Pragma, por ejemplo, alude a un vínculo basado en el compromiso y la duración, sostenido más por la voluntad que por la pasión. Ludus se relaciona con el juego amoroso, el coqueteo, la seducción. Philautia designa el amor propio, tanto del cuerpo como del espíritu. Eunoia remite al amor que ve y escucha al otro, donde se busca el bien común.

También existe una palabra que, aunque menos citada en los textos filosóficos, habita con fuerza en la vida cotidiana: storgé. Es quizá el más discreto y tierno de todos. Se parece a un susurro antes de dormir, a la tranquilidad de dos personas que caminan de la mano, a la ternura con que acariciamos a nuestros animales. Storgé ha quedado casi olvidado en la filología, tal vez porque, como otros afectos ligados a la infancia, la maternidad o los vínculos con lo doméstico, ha sido históricamente subvalorado frente a lo racional y lo público.

C.S. Lewis lo recupera en Los cuatro amores y lo describe como el más sencillo y necesario. Lo asocia al afecto cotidiano, al que se da entre padres e hijos, entre quienes comparten la vida sin grandes exigencias. Es un amor cálido, modesto, como una necesidad sana:

 

El afecto parece como si se colara o filtrara por nuestras vidas; vive en el ámbito de lo privado, de lo sencillo, sin ropajes: suaves pantuflas, viejos vestidos, viejos chistes, el golpeteo del rabo del perro contra el suelo de la cocina, el ruido de la máquina de coser, un muñeco olvidado en el jardín.

 

Storgé es un amor mínimo, como una danza japonesa: sobria, silenciosa, íntima. Pienso en un poema de William Carlos Williams donde el hablante observa las pantuflas de su esposa. Es una forma de contemplación sencilla, amorosa, sin solemnidad. A veces, esa ternura discreta es también una forma de resistencia frente a lo que nos deshumaniza.

Recientemente vi Every Little Thing, un documental sobre Terry Masear, una rehabilitadora de colibríes. La ternura, el cuidado y la pérdida están presentes en cada escena. Masear nos recuerda el asombro ante el milagro de los colibríes, cómo cuidarlos, cómo ayudarlos a volar en libertad. Allí está la historia de un colibrí cuya madre no regresó, de otros maltratados  y de aquellos que, pese a los cuidados, no lograron sobrevivir. Ese documental me hizo pensar en el amor storgé que ella expresa en cada gesto, al preparar nidos diminutos y alimentarlos con delicadeza, para que pudieran alzar el vuelo. En ese amor de tipo maternal, no es necesario gestar.

Con los años, ese amor parece desvanecerse. Pero nuestros compañeros no humanos nos lo recuerdan. Para vivir el storgé no hace falta ganárselo. Basta con estar. Me siento dichosa de haberlo compartido con Cosme. Lo acariciaba, caminábamos juntos, se alegraba cuando regresaba a casa, le deseaba buenas noches y lo cuidé en sus últimos días. Me acompañaba al escribir, al comer, al mirar una película, al quedarnos en silencio mientras entraba la luz por la ventana. Se recostaba junto a mí en los días tristes. Jugábamos a las escondidas. Observábamos los pájaros y los atardeceres. Fuimos felices compartiendo nuestro cotidiano en silencio.

Storgé no depende del tiempo. Se siente aún en la ausencia. Es el primer amor que conocemos, antes incluso de saber hablar. Es una forma de amor que se expande, que abraza sin ataduras, que permanece incluso cuando cae la luz, cuando todo se vuelve silencio.

El amor también habita la poesía, no como un tema, sino como una experiencia. Escribir y leer poemas es, también, un acto de amor. Ahora, cuando pienso en esa palabra pequeña en su forma, tan infinita, vuelvo a este poema de Jorge Leonidas Escudero:


Señor gato este blanco y negro este

que duerme a mi lado y suelta las patas

seguro de que no voy a incomodarlo. Descansa

como un trapo caído en el suelo

no vi más entrega como así un bebé

cerrar los ojos y dormir

ajeno a las traiciones del mundo

sí, porque la desconfianza lógica

entre nosotros los animales,

ver a este dormir tan feliz

me da la sensación expansiva

de que todos los seres deberíamos ser así.

Y ante este sentir le agradezco

al cariñoso gato

porque por lo menos mientras lo veo dormir

me siento amoroso con todo el mundo.

 

Foto de Alice Castro: https://www.pexels.com


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