Sobre ver una película




It is a serious thing
just to be alive 
on this fresh morning 
in this broken world
Mary Oliver

Hay pocas cosas en la vida que me hacen verdaderamente feliz: caminar en el bosque, leer un libro, pasear con mi perro, tomar un café y ver una película. Puede que esto me haga parecer una persona sumamente aburrida, pero necesito muy poco para encontrar momentos de felicidad. En esta vida, lo más sencillo suele ser lo más significativo.

Hace tiempo conocí a alguien que me dijo que no le gustaba el cine. No entendí bien si se refería a ir a una sala de cine o al simple acto de ver películas, pues, como bien sabemos, son experiencias diferentes. Intenté explicarle lo importante que el cine puede ser para muchas personas, pero pronto me di cuenta de que era inútil insistir y preferí cambiar de tema. Algo similar me ocurre cuando alguien me dice que no le gusta la poesía. En esos casos, prefiero no debatir y, a veces, hasta les doy la razón, porque leer poemas no hace a uno más docto o ilustrado.

Aquella persona pensaba que los libros de filosofía bastaban para comprender el mundo. Tiempo después sentí compasión por ese sujeto que se había negado la posibilidad de descubrir otra forma de belleza. Como decía mi querido Leonidas Escudero: «La belleza pareciera que es la presencia de algo que nosotros sentimos que favorece nuestra vida».


Suelo decir que la vida es demasiado corta como para leer cosas que no nos gustan. Con la poesía, el secreto no está en buscar; el poema debe encontrarte. Lo mismo ocurre con las películas. Nunca me he considerado cinéfila, más bien soy una espectadora que desea conmoverse y experimentar sensaciones distintas a las del día a día.


A menudo veo en redes reseñas y comentarios tras el estreno de alguna película de moda. Parece que algunos sienten la urgencia de aleccionar a los demás, como si su opinión fuera indispensable o añadiera algo esencial a la obra. Pero el cine, como las otras artes, es una experiencia subjetiva que provoca emociones únicas en cada espectador. En lo que a mí respecta, hay una sensación inigualable que me dan las películas: la de vivir plenamente en el presente.


Hace tiempo tuve una pareja que hablaba constantemente de su afición por Tarkovski. Cada vez que mencionábamos a aquel director, no podía evitar sentirme incapaz de entender lo que llaman “cine de autor”. En una ocasión intentamos ver una de sus películas juntos y recuerdo que caí profundamente dormida. Aunque en sus intentos por convencerme de la genialidad del cineasta ruso se notaba un aire de condescendencia, en ese momento mis intereses eran otros y no podía apreciar la calidad artística de Nostalgia. Hoy me doy cuenta de que tal vez el problema no era la película, sino la compañía.


Más tarde, volví a ver Nostalgia por mi cuenta, y la experiencia fue completamente distinta. La película se asemeja a un poema y no necesita más intelectualizaciones. También entendí que uno cambia de intereses, gustos y búsquedas con el tiempo. Lo que en algún momento parecía una genialidad puede, años después, pasar desapercibido o verse desde una óptica distinta.


Ahora bien, ir al cine tiene un efecto diferente al de ver una película en casa. Estar dentro de una sala me permite concentrarme plenamente en lo que tengo frente a los ojos. Me olvido de los problemas, las distracciones y el miedo al futuro. Puedo percibir las risas, el llanto, la sorpresa y el desagrado del público. A veces, cuando termina la función, el efecto se alarga y me deja con más preguntas; otras, la experiencia simplemente se queda en la sala.


Por otro lado, ver películas en casa tiene sus propios encantos. Me permite apreciar otros detalles: jugar con el tiempo, regresar a una escena, observar con mayor detenimiento, repetir un diálogo o hacer una pausa cuando algo tiene un efecto inesperado. También me ha permitido descubrir películas que jamás habría tenido la oportunidad de ver si viviera en otra época o en otro lugar. En la ciudad donde vivo, la cartelera es limitada, así que me veo en la necesidad de buscar otras opciones y termino hallando títulos interesantes. Además, puedo comer lo que quiera y, lo más importante, puedo disfrutar de la compañía de mi perro. Ver películas en casa también tiene la ventaja de ser más económico, porque, lamentablemente, ir al cine se ha vuelto un lujo al que no todos podemos acceder cada fin de semana.


Desde el año pasado, colaboro en la selección de películas para el cineclub de Obscura. En aquella pequeña sala se da una unión entre espacio y tiempo que tiene un efecto especial en quienes asistimos. Liz, la encargada, comparte su amor y conocimientos sobre cine, creando un espacio de intercambio y sensibilidad. Los ciclos se llevan a cabo los domingos y me permiten disfrutar de mi tiempo libre, como aquella idea de la skholé griega. En Obscura encontramos un lugar para la contemplación, la libertad y la escucha. Así, el cine me ayuda a hacer mi vida más llevadera.


Ver una película es un acto de intimidad: alguien nos cuenta una historia y, por un instante, nos invita a formar parte de ella. Pero el cine también confronta, mostrándonos aquello que evitamos mirar o que nunca habíamos considerado.


Las películas son testimonio de que habitamos esta tierra, ya sea al evocar el pasado, imaginar el futuro o explorar la comedia, el drama, el suspenso. Todo lo que aparece en ellas es profundamente humano y en eso reside su belleza. A veces, ver una película también puede ser una manera de responder a un acto de amor. Decía Mary Oliver en un poema: «Si alguna vez has venido al bosque conmigo, debo quererte mucho». Si vamos juntos al cine, también debo quererte mucho. 



Comentarios

Entradas populares