Sobre los propósitos de Año Nuevo


Suelo hacer una limpieza antes del primero de enero: ordeno la ropa del armario, limpio las esquinas de la cocina, vacío los cajones, desecho medicamentos caducados, recibos y otros objetos que no he usado en meses. Intento concentrar en pocos días todo lo que no hice durante el año. Antes, realizaba una limpieza exhaustiva: sacudía cada rincón, limpiaba las ventanas y lavaba las cortinas, como si ese aseo pudiera eliminar mis demonios internos. Me invadía un extraño ascetismo que me hacía ver el futuro con esperanza.

En Japón existe un ritual llamado Ōsōji, que significa “gran limpieza”. Esta tradición purifica los espacios y da la bienvenida a Toshigami-sama, la deidad que simboliza la buena fortuna en el Año Nuevo. Dentro del budismo zen, la limpieza no solo elimina la suciedad, sino que también es una forma de purificación espiritual.

Cada inicio de año se acompaña de propósitos que rara vez se cumplen. Para algunos, representan la fantasía de un nuevo comienzo o la ilusión de una metamorfosis personal, quizá como un intento de compensar los excesos de diciembre. Solemos hacer promesas poco realistas, condenadas al olvido en pocos meses. Sin embargo, en el simple acto de formular propósitos, por ingenuo que parezca, reside una forma de esperanza.

En mi experiencia, mi lista de propósitos se reduce cada año. Al escuchar las doce campanadas, reconozco la misma letanía de deseos. El año pasado pasé mucho tiempo en casa y, como si tuviera mi propia ermita, me encontré en una profunda introspección. La enfermedad de mi perro desató una ola de duelos suspendidos que, inevitablemente, debía enfrentar.

Tal vez uno de mis propósitos sea ser menos optimista y, en cambio, tener más esperanza. Aceptar que la vida es frágil y cambiante. Cada día, la vida y la muerte se nos revelan de alguna forma. Hace poco leí que, al dormir, experimentamos algo parecido a la muerte y que nuestros sueños nos abren la puerta a otra realidad.

Para Byung-Chul Han, la esperanza se diferencia del optimismo. Este último busca eliminar la negatividad, creyendo en un futuro siempre positivo e ignorando la multiplicidad de posibilidades que ofrece el devenir. Por el contrario, la esperanza es una búsqueda, un camino hacia lo desconocido. El optimismo se centra en el bienestar individual, dejando de lado el sufrimiento de los demás. La esperanza, en cambio, enfrenta las dificultades inherentes a la vida. Así, el optimismo privilegia el “yo”, mientras que la esperanza acepta el “nosotros”.

La esperanza es ese motor que persiste ante el cambio constante de la vida. Inevitablemente, este año y los que vengan traerán consigo dolor, tristeza, cansancio y desesperación. Sin embargo, sobrevivir implica aceptar la pérdida y encontrarle un nuevo significado. Confío en que mi esperanza me permita abrazar la incertidumbre. Como dice Eagleton: “Es posible tener esperanza sin el sentimiento de que las cosas en general van a salir bien”.

Quizá haya algo de valentía en la esperanza: aceptar el dolor de lo incierto y, a pesar de todo, seguir adelante

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