Sobre los viernes
Soy de esas personas a las que les cuesta decidir. Desde lo más trivial,
como qué ponerme, qué camino tomar o qué jabón comprar, hasta lo más
trascendental, como mudarme, dejar un trabajo o terminar una relación. La
indecisión es una sombra que me sigue a todas partes. A veces pienso que mi
mente es un laberinto de posibilidades infinitas que terminan por abrumarme. Si
necesito ir a algún lugar, no puedo evitar analizar rutas, horarios, gastos e
incluso preguntarme si hará buen tiempo. Cuando finalmente me decido, el
impulso inicial ya se ha esfumado.
Así ocurrió el viernes pasado. Normalmente, es el día que dedico a
escribir, ya sea en casa o en un café. Pero últimamente la salud de mi perro me
ha hecho optar por salir solo cuando es necesario. Aun así, la idea de cambiar
de ambiente llevaba días rondando mi cabeza. Hay momentos en los que la rutina
me resulta asfixiante y sé que necesito moverme.
Los viernes también son los días en que hago terapia. La sesión fue
reveladora: desenterramos un recuerdo de mi infancia que ha tenido un profundo
impacto en mis relaciones y explica muchas de mis inseguridades. Al terminar,
seguí reflexionando sobre lo difícil que me resulta aceptar las pérdidas y
sentí la necesidad de despejarme. Caigo en la cuenta de que las heridas de la
infancia determinan las elecciones de nuestro presente.
Ese día no tenía un destino claro, simplemente quería perderme entre la
multitud. Me cambié de ropa, preparé el espacio para que Cosme estuviera cómodo
y partí. Primero tomé el autobús, luego el metro y finalmente llegué a
Chapultepec. Caminé alrededor del lago y asistí a una exposición que me atrapó
al principio, pero pronto perdió el interés. Disfruto observar a la gente y
escuchar conversaciones fragmentadas. Me ocurre que, entre la multitud, me
siento sola y al mismo tiempo conectada. La diversidad humana me fascina y me
recuerda que cada uno de nosotros lleva consigo un mundo entero.
Me detengo a escuchar el sonido de los pájaros de fondo. Algunas ardillas
curiosas se asoman en busca de comida. Hay gente recostada bajo los árboles,
otros disfrutan de su día de campo. Los acompañan las risas de los niños
corriendo. Quizás la sencillez dé más profundidad a lo que nos rodea.
Luego voy al jardín botánico. El ruido de los coches se desvanece al
cruzar la entrada. Camino por un puente dentro de un pequeño jardín japonés. A
unos metros, encuentro orquídeas, dalias, suculentas y un izote. Me siento en
un banco y miro el sol filtrarse entre las copas de los árboles. Cierro los
ojos y recuerdo la charla durante la terapia. Ahora entiendo que amar también
implica honrar la pérdida. Nacer y morir son dos caras de la misma moneda.
Aquellos que ya no están persisten en las hojas, en los lirios, en el aire.
Empiezo a mirarme con compasión.
Cerca hay una librería. Tomo un café junto con un bocadillo. Me acompaña un libro de Natalia Ginzburg. Decido regresar a casa. Los vagones están llenos y es difícil encontrar un sitio. Pienso en cómo un día cualquiera puede adquirir nuevos significados.
Tomo de nuevo el autobús. Al llegar, Cosme está dormido y no me oye cuando abro la puerta. Espero a que despierte, lo acaricio y le hablo de las cosas curiosas del día. Algo así sucede los viernes.



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