La vida secreta de los objetos y la importancia de lo inútil
Mudarse es algo más que cambiar de domicilio; es un proceso de selección minuciosa. Frente a cajas y bolsas, nos encontramos decidiendo qué nos sigue y qué se queda atrás. Clasificamos lo útil frente a lo inútil, lo que merece un espacio en el nuevo hogar y lo que ya no. Algunas cosas las donamos, otras las vendemos, y algunas más simplemente acaban en el camión de la basura.
Sin embargo, me pregunto si esa clasificación es tan sencilla como parece. ¿De verdad debo deshacerme de todo lo que ya no es útil? ¿Acaso lo inútil no tiene, a su manera, otro tipo de valor?
Por lo anterior, suelo pasarla bastante mal en las mudanzas, ya que desprenderme de mis objetos es un proceso sumamente doloroso. Siento que una parte de mí permanece en esos lugares, donde mi perro y yo compartimos momentos. Nos imagino como dos sombras que residen en un universo paralelo.
Recuerdo nuestro primer apartamento, que tenía una sola ventana, sin patio y ubicado en una zona relativamente peligrosa. En ese entonces, apenas contaba con algunos muebles y una vieja televisión que me había regalado mi madre. También fue allí donde compré mi primer refrigerador. Entre risas, recuerdo las conversaciones con un amigo sobre ese refrigerador vacío, lleno de rayones y con algunas piezas que le faltaban. Era solo un aparato en uso, pero para mí, era un símbolo de independencia.
Años más tarde, tuve que renovarlo, pero aún no he logrado desprenderme del antiguo. Hay algo en esos objetos, en su imperfección, como si, al dejar ir esas cosas, también tuviera que dejar atrás los recuerdos que guardan.
Mi apego a los objetos contrasta con la facilidad con que mi madre se deshace de papeles, trastos y ropa. Para ella, si algo ya no es útil, lo mejor es descartarlo de inmediato. En cambio, yo tiendo a crear lazos emocionales con mis pertenencias. Cada papel arrugado y traste desgastado guarda una historia que me recuerda momentos significativos de mi vida.
Me atraen los objetos curiosos, aquellos que parecen tener vida propia, como si, de alguna manera, también ellos se aferraran a mí y no pudieran partir. Cada cosa que conservo es un recuerdo tangible, una conexión con momentos que me conforman. Tal vez, en su esencia, esos objetos son una extensión de mí, de las partes que no quiero dejar ir.
En la tradición japonesa existe algo llamado “Tsukumogami”, que se refiere a cualquier objeto que, al cumplir cien años, cobra vida y recibe un alma. Es curioso pensar que el espíritu de ese objeto se conforma a partir de los sentimientos que ha experimentado a lo largo de los años. Por ejemplo, si fue objeto de desprecio y odio, se convierte en un espíritu maligno y peligroso. Por el contrario, si recibió afecto y cariño, se transforma en un espíritu bondadoso, protector del hogar.
Estos espíritus son, en su mayoría, inofensivos, aunque a veces pueden ser traviesos. Si sus dueños los trataron mal, tienen la tendencia a atormentarlos. Esta idea me hace reflexionar sobre cómo cada objeto que poseemos puede llevar consigo un pedazo de nuestra historia, moldeado por las emociones y experiencias que compartimos con él.
Siguiendo con mi apego, quizás este radica en la naturaleza tangible de los objetos. Los elementos materiales se oponen a las “no-cosas” que menciona Byung-Chul Han. Estas últimas son efímeras, como nuestras interacciones virtuales, imágenes digitales y datos, carentes de una conexión real y significativa.
En cambio, las “cosas” tienen un carácter diferente; pueden ser utilizadas, contempladas o experimentadas, y están profundamente ligadas a nuestro pasado y a la memoria. Tienen la capacidad de evocar sentimientos y recuerdos, convirtiéndose en puentes hacia momentos que han formado parte de nuestra vida. Tal vez los objetos tangibles son anclas que nos mantienen conectados a nuestro pasado, recordándonos quiénes somos y de dónde venimos.
Hace poco, por descuido, rompí una macetita. Utilizo el diminutivo porque le tenía cariño. No alcancé a rescatarla y, con lágrimas en los ojos, tomé la escoba para recoger los pedazos. Intenté repararla, pero no tenía solución. Algo similar le ocurre a mi vieja PC, que he llevado a reparar varias veces, pero ya no tiene arreglo. También tengo una camiseta desgastada que compré en un viaje a Santiago de Compostela. Aunque ya no me queda, sigue ahí, recordándome lo feliz que fui en ese momento.
Ahora toca recibir a una nueva macetita. No sé qué será de mis objetos, pero si alguno llega a cumplir cien años, me gustaría pensar que será amable y cariñoso, quizá algo travieso, y que conserve el recuerdo de alguien que alguna vez creyó que tenía alma.
Imagen: https://www.pexels.com/es-es/@anete-lusina/



Tu post me trae de vuelta a mi propio aprecio por los objetos. Comparto lo que decís: las cosas se llenan de nuestra historia y nuestra energía. Y me hacés pensar en el shinto, esa religión bellísima y sencilla, que cree en la presencia de lo divino en todos los seres y las cosas. No me cuesta verte, en una vida pasada, como un sacerdote o una devota, muy devota, sintoísta.
ResponderBorrarGracias por la lectura, querido Mario. Nuestros objetos, nuestro mundo. Abrazo.
ResponderBorrar